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Posición del Foro por un Estado Laico “Eugenio María de Hostos” ante el recurso de amparo de la Iglesia católica contra PROFAMILIA

 

 

SANTO DOMINGO DE GUZMAN.- El recurso de amparo interpuesto por la Iglesia católica contra la campaña de PROFAMILIA constituye una clara demostración de por qué resulta tan urgente y necesaria la vigencia efectiva de un Estado laico en la República Dominicana. En países de sólida tradición democrática, donde el Estado actúa como garante real de los derechos y libertades fundamentales de sus ciudadanos, ninguna Iglesia se hubiera atrevido a elevar una instancia como ésta, mucho menos una con tan escasa sustentación jurídica.

 

En primer lugar, dado que su propósito es silenciar la difusión de ideas contrarias a sus enseñanzas, la iniciativa de la Iglesia constituye un intento de censura eclesiástica, lo que viola el derecho constitucional a la libertad de expresión. Desafortunadamente para nuestras autoridades religiosas, en el país ya no rige el Index librorum prohibitorum et expurgatorum, el tristemente célebre catálogo de textos considerados perniciosos para la fe que la Sagrada Congregación de la Inquisición mantuvo vigente desde 1559 hasta 1966. De ahí su decisión de apelar a la autoridad laica para amordazar a PROFAMILIA y, junto a ella, a cualquier organización o persona que en lo sucesivo pretenda reivindicar el derecho a la educación sexual escolar, al aborto terapéutico o al uso de anticonceptivos. A fin de cuentas, como acaba de señalar el Cardenal López Rodríguez, los derechos sexuales y reproductivos “son un invento de gente carente de moral y principios”.[1]  

 

En segundo lugar, con este recurso la Iglesia trata de utilizar una instancia estatal para imponer a toda la población por la fuerza de la ley -y de no de la fe voluntariamente aceptada- su anacrónico sistema de creencias y prácticas en lo que atañe a la sexualidad y a la reproducción, sobre todo la de las mujeres. Aunque las y los abogados aseguran que los argumentos de la Iglesia no tienen asidero jurídico a la luz de lo que establece la Ley 137-11 sobre el amparo, no hay que olvidar que esta fue exactamente la estrategia que la Iglesia utilizó con éxito en el caso del Artículo 30 (actual Art. 37 de la Constitución).  Entonces al igual que ahora el propósito era obligar a toda la ciudadanía a acatar normas religiosas particulares con las que puede o no estar de acuerdo, lo que a todas luces viola la libertad de conciencia y de cultos establecida en la Constitución dominicana.

 

Parece evidente que la resolución de este recurso de amparo sólo podría ser favorable a la Iglesia si se anteponen los principios religiosos a los derechos ciudadanos fundamentales, lo que de regir plenamente la laicidad del Estado  resultaría impensable. Pero no hay que olvidar que el Art. 30 no fue un hecho aislado sino parte de una larga historia de sumisión de la autoridad estatal ante  la jerarquía católica, como muestra el fallo judicial de la SCJ del 2008 que desestimó la demanda de inconstitucionalidad contra el Concordato. O como más recientemente evidenció la decisión del Presidente del Tribunal Constitucional de conmemorar el primer aniversario de la fundación de ese organismo con una misa, aún después de ser intimado por este Foro por un Estado Laico mediante acto de alguacil para que se abstuviera de hacerlo.

 

Vale la pena revisar los argumentos del Foro en esa ocasión porque están resultando proféticos, visto que el Tribunal Constitucional será el llamado a tomar la decisión final en caso de que Profamilia o la Iglesia decidan apelar la sentencia surgida del recurso de amparo. Nuestra nota de prensa planteó: 1) que se viola la libertad de conciencia y cultos cuando una entidad gubernamental patrocina una celebración de carácter religioso particular; 2) que el Tribunal Constitucional y sus jueces son los custodios fundamentales de la Constitución y como tales deben permanecer imparciales y alejados de toda disputa ideológica, así como de los símbolos y doctrinas religiosas; 3) que de no obtemperar la intimación del Foro, el Presidente y los demás miembros del TC  quedarían ipso facto inhabilitados para decidir en el futuro cualquier recurso que involucre a la Iglesia Católica, porque ya habrían manifestado su preferencia y habrían establecido un privilegio de esa Iglesia sobre las demás.[2]

 

 

La campaña de PROFAMILIA probablemente sería innecesaria si el Estado dominicano hubiera tenido la voluntad política de enfrentar los graves problemas de salud sexual y reproductiva que afectan a la población, mediante la implementación de políticas públicas dirigidas a prevenir el embarazo adolescente, la violencia de género, el auge del VIH, el embarazo indeseado y el aborto realizado en condiciones peligrosas, etc. Por el contrario, la irresponsabilidad estatal y la injerencia sistemática de la Iglesia en las políticas públicas han llevado a que nuestros jóvenes no reciban educación sexual escolar, a que nuestras leyes obliguen a niñas y mujeres a parir embarazos productos de violación y a morir cuando estos embarazos amenazan su salud, a que una de cada cinco adolescentes ya sea madre.

 

Todo lo anterior remite a la imperiosa necesidad de rescindir de una vez por todas el Concordato y eliminar los privilegios políticos, jurídicos y económicos de la Iglesia católica, retornando la religión a la esfera privada, de la conciencia individual, que es donde le corresponde estar en las democracias modernas. Ya es hora de que el Estado dominicano asuma su responsabilidad de proteger el derecho de todos y cada uno de los ciudadanos a sus creencias y prácticas religiosas sin interferencia alguna y en condiciones de absoluta igualdad, como exige la Constitución. El hecho de que todavía hoy en día la Iglesia se atreva a demandar a Profamilia por promover derechos humanos fundamentales debe ser una voz de alerta a toda la sociedad dominicana. Respondamos a la altura que demandan las circunstancias.

 

 

Santo Domingo, 12 de mayo del 2013

Manuel: Crónica de un dolor desgarrador

El espíritu humano nace a caballo y con espuelas, y apenas se aposenta en el cuerpo que le cabe en suerte, emprende su viaje en busca de la solución de sí mismo, y del punto en que ha de confundirse con el espíritu universal.

 

COTUY, CAPITAL DE LA ESPERANZA.- Eran más de las once de la mañana cuando llegamos a la ciudad de Cotuy, Capital de la esperanza. Esta y sus calles presentaban una perspectiva en extremo dantescas,  llenas de mugre y sus edificios parecían que la maldición de Caín les había caído encima.

 

Muchos habían acudido desde las primeras horas de la mañana para asegurar lugar a propósito  a fin de no desperdiciar detalle alguno de aquella desgracia escenificada en el Broque, Quita Sueño de uno de los lugares más paradisiacos de Nuestra América.

 

Los buques nacionales no aparecían en el Rio Capacho de donde surgió la Virgen, surtos en la ría, desplegando al viento sus banderas tricolores. Ninguno de los malandrines políticos, tampoco. La procesión no había salido del histórico parque Colón, ni el batallón Ozama se había instalado en la citada ciudad para recibir comisiones llenas de oropeles. Estábamos en el Valle de los huesos secos en una de las ciudades más antiguas y atrasadas de América, gracias a sus Invertebrados hombres.

 

Llegamos allí y subimos, callejón arriba, para buscar la casa donde se estaban quedando los esposos Darío Leyba de Jesús y la señora Elsa María Hernández Vásquez. Cuando nuestro vehículo subió a esa escarpada montañita, difícil de subir y, nos estacionamos. Con el corazón en la mano, entramos en esa casita adornada de nada, pero llena de calor humano. Ya Milady Leonardo había llegado primero que nosotros vía telefónica. Una entrañable amiga que esta desgracia descubrió. Yo no pude contener mi llanto al ver a tanta gente humilde llorar con nosotros sin consuelo alguno. Al verme inmerso entre tantos dolores ocasionados por un dolor, sólo recordé a Martí cuando en aquella gloriosa encrucijada histórica en la sociedad Amigos del País, exclamara: Yo no soy un hombre que sufre, soy un pedazo de tierra que padece. Así me sentí al ver tanto llanto y mirar el índice de mi hijo, Danielito indicar a su madre  que estaba llorando junto a la madre de Manuel. Entre gemidos y quebrantos en los brazos de Darío Leyba de Jesús (Tito) me entrelacé. Al llegar al patio la comitiva, abriéndome paso por entre la multitud, caí en los brazos de Tito mi leal compañero, el pueblerino fiel, el único superviviente de los amigos que me quedan en esa ciudad tan vieja como el dolor del hombre. Aquel abrazo dilatado, estrecho en que se confundían nuestras almas fuertes, trae a la idea el inmortal abrazo que debieron darse esos dos hermanitos cuando entraron en las avenidas gloriosas y recibidas por el cortejo celestial encabezado por el Señor Jesucristo.

 

RUMBO AL BROQUE

Luego de estar allí por espacio de dos horas con todos los dolidos, el viaje lo emprendimos, Tito, su cuñado, Danielito y yo. Cuando fui a dejar parte de mi familia a la casa de los suegros, Danielito estaba muy triste. En verdad yo no quería que fuera a ver el panorama tétrico. Comenzó a llorar y me lo llevé. El, con la voz de un niño exclamó: ¡Tito, vamos para donde Manuel! Vi a mi hijo feliz al ver al padre de su amiguito Manuel.  Se tiene que ser pequeño para ser lindo. Emprendimos el viaje entre lágrimas, recuerdos y nosotros esperando el impacto final de una desgracia. Eran las 12:36PM cuando iniciamos el viaje hacia el Broque (Broquel). Tantos recuerdos en esa pradera cada día más llena de verdores y con tantos detractores encima.

 

A las 12:51 del medio día llegamos al lugar esperado. A Tito lo vi con 40 sollozos. Adolorido. Yo por otro lado llorando, mi hijo Danielito en el mismo tenor y el cuñado también. Paso a paso miré el lugar. Cómo se inició el fuego, me explicaron. El espanto de esa noche fue algo aterrador. Con los dos cuerpecitos quemados y cuatro salvados, nadie se atrevía a ponerle las manos para sacarlos de la herrumbre y cenizas. Hasta que el tío de Manuel se llenó de valentía Sánchez Ramirense y los sacó. ¡Oh, José Manuel Leyba Hernández! ¡Oh, Darlenis Leyba Hernández! Dios los tiene hoy en mejor lugar.

 

Cada cinco minutos el padre de estos pequeños caía de rodillas y comenzaba a llorar. Al menos yo no comprendí como pasó la trágica desgracia. Dos niños llenos de vida. Ambos estudiantes honorables. Manuel, con ocho años el día antes había sacado ocho plantones de yuca, porque le encantaba su agricultura. Su hermanita se encargaba del cuidado de sus otras hermanitas luego que llegaba de la escuela.

 

Su tío nos decía que murieron cuatro gallinas en el siniestro, porque Manuel todas las noches a esas cuatro acabadas de sacar con sus polluelos las metía a casa, cada una con sus respectivos pollitos en sus pertinentes cajas. El era un niño fuera de serie, nos decía su tío. El día que sucedió el espeluznante hecho, le dije que nos fuéramos a pasar una semana a mi casa y me contestó, no yo no puedo ahora, porque estoy muy ocupado ayudando a mis papás, así se manifestaba su tío respecto a ese hermoso niño que nos ha dejado a todos entristecidos. Diría Manuel que el sufrimiento tiene sus goces, y el único que comprendía era el hacer el bien.

 

El regreso

Ya eran las tres de la tarde. Iniciamos el descenso del Broque. Apretujados, llorosos, impregnados de recuerdos. Mi hijo Danielito con el carrito rojo abrazado a su costado iba ya durmiendo. Satisfecho de haber ido donde deseaba ir: ¡A la finca de Manuel! Llegamos a la casa de Tito y nos despedimos. La multitud para la Hora Santa había llegado. Nosotros debíamos ya regresar a la capital dominicana. Dejábamos a una familia llena de dolor, de angustia, poniendo sus miradas hacia el Creador de la tierra, el cielo  y el mar. Nosotros, despacio, llegamos a la Capital a eso de las ocho de la noche. Cansados, llorosos, pero satisfechos de haberle dado la despedida a Manuel y a su hermanita, Darlenis. Hoy amanecí triste y con el deber de escribir estas enhebradas ideas.

 

Mi hermano Abel vino a vernos y a tomarse un café. Comencé a leerle estas líneas y sólo llegué al tercer párrafo, porque mis lágrimas y mi llanto no me dejaron continuar leyendo. En las buenas obras no puede haber mal. En esta familia pobre, pero llena de decoro he aprendido que deben cultivarse en la infancia preferentemente los sentimientos de inteligencia y dignidad. Ese par de amiguitos de mi hijo, se fueron con esa virtud hacia el Cielo. Al ver a mi hijo Daniel, otra lección aprendida es esta: Los niños son los que saben querer.