El espíritu humano
nace a caballo y con espuelas, y apenas se aposenta en el cuerpo que le cabe en
suerte, emprende su viaje en busca de la solución de sí mismo, y del punto en
que ha de confundirse con el espíritu universal.
COTUY, CAPITAL DE LA
ESPERANZA.-
Eran más de las once de la mañana cuando llegamos a la ciudad de Cotuy, Capital
de la esperanza. Esta y sus calles presentaban una perspectiva en extremo
dantescas, llenas de mugre y sus
edificios parecían que la maldición de Caín les había caído encima.
Muchos
habían acudido desde las primeras horas de la mañana para asegurar lugar a
propósito a fin de no desperdiciar
detalle alguno de aquella desgracia escenificada en el Broque, Quita Sueño de
uno de los lugares más paradisiacos de Nuestra América.
Los
buques nacionales no aparecían en el Rio Capacho de donde surgió la Virgen,
surtos en la ría, desplegando al viento sus banderas tricolores. Ninguno de los
malandrines políticos, tampoco. La procesión no había salido del histórico parque
Colón, ni el batallón Ozama se había instalado en la citada ciudad para recibir
comisiones llenas de oropeles. Estábamos en el Valle de los huesos secos en una
de las ciudades más antiguas y atrasadas de América, gracias a sus
Invertebrados hombres.
Llegamos
allí y subimos, callejón arriba, para buscar la casa donde se estaban quedando
los esposos Darío Leyba de Jesús y la señora Elsa María Hernández Vásquez.
Cuando nuestro vehículo subió a esa escarpada montañita, difícil de subir y,
nos estacionamos. Con el corazón en la mano, entramos en esa casita adornada de
nada, pero llena de calor humano. Ya Milady Leonardo había llegado primero que
nosotros vía telefónica. Una entrañable amiga que esta desgracia descubrió. Yo
no pude contener mi llanto al ver a tanta gente humilde llorar con nosotros sin
consuelo alguno. Al verme inmerso entre tantos dolores ocasionados por un dolor,
sólo recordé a Martí cuando en aquella gloriosa encrucijada histórica en la
sociedad Amigos del País, exclamara: Yo
no soy un hombre que sufre, soy un pedazo de tierra que padece. Así me
sentí al ver tanto llanto y mirar el índice de mi hijo, Danielito indicar a su
madre que estaba llorando junto a la
madre de Manuel. Entre gemidos y quebrantos en los brazos de Darío Leyba de
Jesús (Tito) me entrelacé. Al llegar al patio la comitiva, abriéndome paso por
entre la multitud, caí en los brazos de Tito mi leal compañero, el pueblerino
fiel, el único superviviente de los amigos que me quedan en esa ciudad tan
vieja como el dolor del hombre. Aquel abrazo dilatado, estrecho en que se
confundían nuestras almas fuertes, trae a la idea el inmortal abrazo que
debieron darse esos dos hermanitos cuando entraron en las avenidas gloriosas y
recibidas por el cortejo celestial encabezado por el Señor Jesucristo.
RUMBO AL BROQUE
Luego
de estar allí por espacio de dos horas con todos los dolidos, el viaje lo
emprendimos, Tito, su cuñado, Danielito y yo. Cuando fui a dejar parte de mi
familia a la casa de los suegros, Danielito estaba muy triste. En verdad yo no
quería que fuera a ver el panorama tétrico. Comenzó a llorar y me lo llevé. El,
con la voz de un niño exclamó: ¡Tito, vamos para donde Manuel! Vi a mi hijo
feliz al ver al padre de su amiguito Manuel. Se tiene que ser pequeño para ser lindo. Emprendimos
el viaje entre lágrimas, recuerdos y nosotros esperando el impacto final de una
desgracia. Eran las 12:36PM cuando iniciamos el viaje hacia el Broque
(Broquel). Tantos recuerdos en esa pradera cada día más llena de verdores y con
tantos detractores encima.
A
las 12:51 del medio día llegamos al lugar esperado. A Tito lo vi con 40
sollozos. Adolorido. Yo por otro lado llorando, mi hijo Danielito en el mismo
tenor y el cuñado también. Paso a paso miré el lugar. Cómo se inició el fuego,
me explicaron. El espanto de esa noche fue algo aterrador. Con los dos
cuerpecitos quemados y cuatro salvados, nadie se atrevía a ponerle las manos
para sacarlos de la herrumbre y cenizas. Hasta que el tío de Manuel se llenó de
valentía Sánchez Ramirense y los sacó. ¡Oh, José Manuel Leyba Hernández! ¡Oh, Darlenis
Leyba Hernández! Dios los tiene hoy en mejor lugar.
Cada
cinco minutos el padre de estos pequeños caía de rodillas y comenzaba a llorar.
Al menos yo no comprendí como pasó la trágica desgracia. Dos niños llenos de
vida. Ambos estudiantes honorables. Manuel, con ocho años el día antes había
sacado ocho plantones de yuca, porque le encantaba su agricultura. Su hermanita
se encargaba del cuidado de sus otras hermanitas luego que llegaba de la
escuela.
Su
tío nos decía que murieron cuatro gallinas en el siniestro, porque Manuel todas
las noches a esas cuatro acabadas de sacar con sus polluelos las metía a casa,
cada una con sus respectivos pollitos en sus pertinentes cajas. El era un niño fuera de serie, nos decía
su tío. El día que sucedió el espeluznante hecho, le dije que nos fuéramos a
pasar una semana a mi casa y me contestó, no
yo no puedo ahora, porque estoy muy ocupado ayudando a mis papás, así se
manifestaba su tío respecto a ese hermoso niño que nos ha dejado a todos
entristecidos. Diría Manuel que el sufrimiento tiene sus goces, y el único que
comprendía era el hacer el bien.
El
regreso
Ya
eran las tres de la tarde. Iniciamos el descenso del Broque. Apretujados,
llorosos, impregnados de recuerdos. Mi hijo Danielito con el carrito rojo
abrazado a su costado iba ya durmiendo. Satisfecho de haber ido donde deseaba
ir: ¡A la finca de Manuel! Llegamos a la casa de Tito y nos despedimos. La
multitud para la Hora Santa había llegado. Nosotros debíamos ya regresar a la
capital dominicana. Dejábamos a una familia llena de dolor, de angustia,
poniendo sus miradas hacia el Creador de la tierra, el cielo y el mar. Nosotros, despacio, llegamos a la
Capital a eso de las ocho de la noche. Cansados, llorosos, pero satisfechos de
haberle dado la despedida a Manuel y a su hermanita, Darlenis. Hoy amanecí
triste y con el deber de escribir estas enhebradas ideas.
Mi
hermano Abel vino a vernos y a tomarse un café. Comencé a leerle estas líneas y
sólo llegué al tercer párrafo, porque mis lágrimas y mi llanto no me dejaron
continuar leyendo. En las buenas obras no puede haber mal. En esta familia
pobre, pero llena de decoro he aprendido que deben cultivarse en la infancia
preferentemente los sentimientos de inteligencia y dignidad. Ese par de
amiguitos de mi hijo, se fueron con esa virtud hacia el Cielo. Al ver a mi hijo
Daniel, otra lección aprendida es esta: Los niños son los que saben querer.